LA FALSA CALMA. Parece una paradoja. Intranquilo, nervioso, lacerado por la ansiedad, Ricardo Vila no se parece demasiado al artista que vemos. Sin embargo, las calidades de sus libros, la fuerza cromática de sus imágenes, la hirviente calidad de sus texturas, revelan lo contrario. Lo que le gusta cada vez más es la preparación de libros, de un poema sinfónico de las formas. Se pasa media vida emboscado. Adora el alba y el poniente. Va de aquí para allá con sus Hasselblad de 6x6 y sus Nikon de paso universal. Si tiene que captar aves en vuelo, desconoce la prisa. Se arma de serenidad. Andarín de las montañas, Vila recorre el mundo y lo eterniza. Compone para siempre y busca el sello personal, la manera distinta de mirar. De ahí que le veamos en todas partes: en la vega, en la serranía, en la brusca montaña que se precipita hacia el abismo, a la sombra de un árbol y de su nido de vida. Es el fotógrafo poeta que se demora allá por donde va.

Antón Castro. Junio de 2003.





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