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Anton Castro, escritor y periodista, escribió esto de Ricardo Vila. Junio de 2003.
Ricardo Vila ha contado que desde niño sentía pasión por el mundo de las aves. También amaba la edición; en su casa, hacía sus propios libros de historia, literatura o naturaleza, los pintaba y luego los encuadernaba con un mimo especial. Soñaba con libros para siempre, vestidos con sensibilidad, con elegancia y la pulcritud incipiente de quien aspira a la perfección. Estudió en la Escuela de Artes y soñó con dedicarse al dibujo, a la ilustración (continúa dibujando y tiene en mente un ambicioso libro de dibujos). Luego, el destino le hizo fotógrafo, escritor, editor... Ricardo Vila prepara sus libros con minuciosidad, los perfila con mimo desmedido, los trabaja a fondo, lleva sus diarios literarios y escribe una prosa entre poética y evocadora, que se ajuste al espíritu de sus fotografías. Lleva más de veinte años tomando imágenes de Naturaleza, principalmente de aves. Fruto de este trabajo han surgido sus libros: Siete Años con las Aves, Rural. Naturaleza en el Recuerdo y Viñas de Vida. En ellos ha logrado tomas admirables del paisaje, de la flora y de la fauna, especialmente de esos pájaros a los que dedica horas y horas y que fotografía con altísimas velocidades, con un complejo sistema de cámaras y flashes. Los logros son rotundos, admirables, un canto al medio fotográfico, cada vez más ilimitado, cada vez más hermoso a través de su ojo estremecido que es centinela y que estaba ahí para ser observado con el visor del alma y de la emoción. Es uno de esos seres que habitan el día y la noche, un ojo al acecho que camina, como un andarín incansable, a la caza del amanecer ideal, de un poniente de sangre, de un celaje herido de súbito por un rayo de sol que hierve, instantáneamente, en hilos de oro, los matices de la Naturaleza. Para él, la propia Naturaleza es el arte y el arte es una metáfora de la belleza inscrita en el paisaje.
CON LOS PINCELES DE LA LUZ. Sabe que lo que
hace no es fácil. En el paisaje hay un espigón de luces, un
laberinto de formas y siluetas, y cuerpos que sangran y avanzan como centellas.
Emplea una técnica depuradísima: la domina con una
artesanía que no enmascara el talento ni la vibración
íntima del corazón ante las cosas hermosas del campo. Se confiesa
exigente, meticuloso y perfeccionista, y sabe que siempre hay un instante
decisivo, un relámpago o un hilo de oro luminoso y exacto. Ya no revela,
pero no le gusta retocar digitalmente las imágenes. Es severo y preciso
con los enfoques, emplea fuelles de extensión, domina la técnica
de los flashes rápidos y se mueve en velocidades casi inconcevibles, en
fracciones de segundo del tipo 1/20.000 de sg: la luz invisible y rápida
que taladra la sombra. Y lo hace cuando debe hacerlo. Los animales ante
él están al desnudo. Dice que su trabajo le resulta estresante
porque la luz tiene sus tiranías, sus segundos de plenitud huidiza, y
debe captarlas entonces, cuando perfila una atmósfera ideal, una
transparencia no usada sobre la tierra.
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